jueves, 1 de septiembre de 2016

RAFAEL GUERRA “GUERRITA”

RAFAEL GUERRA “GUERRITA”

Para Consuelo Sánchez y José Mª. Zafra

La ciudad de Córdoba también es conocida con el apelativo de “Ciudad de los Califas”. Ciudad donde nacieron algunos de los grandes toreros de la historia, porque Córdoba también ha sido una ciudad importante en el planeta taurino. Califa, gran torero cordobés.
Hoy vamos a presentar, aunque sea brevemente, a uno de ellos: Rafael Guerra, “Guerrita”.
¿Dónde podrá cualquier viajero o aficionado a los toros que se acerque a la ciudad encontrar la huella de este Califa?
Sin duda, el primer lugar será la plaza de toros. La puerta princial, en otras plazas Puerta Grande, aquí es la Puerta de los Califas. Los bustos de los cuatro, hasta ahora, Califas saludarán al viajero con placer.
Otra referencia la encontramos en el Museo Municipal Taurino, sito en el Barrio de la Judería. Entre sus muchas salas encontramos una de ellas dedicada a nuestro hombre.
Otra referencia, el cementerio de la Salud. Un hermoso panteón familiar da cuenta del lugar en que descansan los restos del diestro desde 1941.
Hablar con los cordobeses y estar atento a la cantidad de anécdotas o dichos populares que tienen al Guerra como centro: Sabe más que el Guerra. Tiene más valor que el Guerra. Hay gente pa tó, como dijo el Guerra.Son frases que en una u otra ocasión surgen en el refranero cordobés.
Desde hace mucho tiempo he tenido relaciones amistosas con los descendientes, bisnietos del torero.
Nacido en los estratos más humildes de la sociedad cordobesa, de una inteligencia prodigiosa, supo subir en los toros y en la sociedad hasta llegar a ser respetado y admirado, aunque también, a causa de su carácter indomable, tuvo más de un detractor. Llegó a ser caballero tocado, es decir podía mantenerse con el sombrero puesto ante el rey AlfonsoXIII, que llegó también a ser su amigo.
La última tarde que pasé con mis amigos estuvo cargada de anécdotas sobre el antepasado, vivido de oidas, pero tan presente en el seno familiar.
Hombre, al parecer tacaño, pero de mujer expléndida y caritativa, no le gustaba tirar el dinero. ¿O sería una actitud, como la de Juan Belmonte, para espantar a golfos y vividores?
Pero pasemos a dar un somero repaso a los datos biográficos de nuestro torero, en un intento de hacernos una idea de su importancia en el mundo del toreo.
Hijo de José Guerra, el “Llavero”, conserje del Matadero Municipal de Córdoba, y de Juana Bejarano, nació Rafael el día 6 de marzo de 1862, día de Santa Coleta, según el santoral católico.
Sus primeros pasos como torero fueron algunas tientas en los alrededores de la capital, y en el propio matadero, donde, en compañía de unos amigos, se dedicaba a probar los toros que al día siguiente iban a ser sacrificados.
Formó parte de la cuadrilla los “Niños Cordobeses”, matando su primer novillo en Andújar en junio de 1879.
En 1880 toreó con “Lavi”, y al año siguiente con “Bocanegra”. Formó parte de la cuadrilla de Fernando Gómez “Gallo” hasta que “Lagartijo”, primer Califa, lo incorporó a su cuadrilla en 1885.
Destacó de tal manera que a “Lagartijo” le impusieron que llevara sin falta a “Guerrita”. El mismo maestro sabía que el público quería verlo a él porque llevaba aquel subalterno tan espléndido.
En 1886 contrató un buen número de corridas sin haber recibido la alternativa. Toreaba con “Lagartijo” prácticamente en plano de igualdad.
Fue el propio “Lagartijo” quien le dio la alternativa en Madrid el 29 de septiembre de 1887, con un toro llamado “Arrecío”.
Por estas fechas ya tenía un contrato para actuar en La Habana, Cuba. Un contrato sustancioso que le aporto una buena cantidad de dinero y una cornada en el cuello que estuvo a punto de costarle la vida.
En 1889 casó con Dolores Sánchez Molina, hija del novillero “Poleo” y prima de “Lagartijo”. Ambiente completamente taurino en la familia.
Durante las doce temporadas que estuvo en activo actuó en 892 corridas, según José Luis de Córdoba, y 889 según Luis Nieto Manjón. Toreando 2577 toros, según el primero, y 2338 según el segundo. Pero esto no es lo más importante. Lo destacable es que estuvo siempre en cabeza en el escalafón, excepto en 1897 y que no le mandaron vivo a los corrales ningún toro.
En la temporada de 1895, el 19 de mayo, hizo la hombrada de torear tre corridas en un solo día. San Fernando por la mañana, Jerez a mediodía y Sevilla por la tarde. El color del traje estaba irreconocible al llegar la noche. Tanto había sudado durante el día.
Aunque tuvo una vida de triunfo, también tuvo su parte de amargura y dolor por la incomprensión de un público papanatas, estúpidamente exigente. Tal que en Madrid llegó a decir: “En Madrid que atoree San Isidro”. Nunca se lo perdonaron.
El 15 de octubre de 1899 torearía la que sería su última corrida, en Zaragoza. Dos días después se cortaría la coleta en su casa de Córdoba rodeado de familiares y amigos.
Terminó así la historia torera de un diestro modelo de tesón, firmeza, caballerosidad y gallardía.
Dedicándose a su familia, su club, su trabajo en el campo, viviría hasta el 21 de febrero de 1941, fecha en que dejó de existir.
BIBLIOGRAFIA
CORDOBA EN LA HISTORIA DEL TOREO” José Luis de Córdoba. Cajasur 1989.
EL TOREO EN CORDOBA” Idem Nebrija 1999.
GUERRITA” Antonio Peña y Goñi Cajasur 1987.
TOROS DE CORDOBA” Luis Nieto Manfón “El Día” de Córdoba 2001.



ANTONIO DUQUE LARA

lunes, 22 de agosto de 2016

DULCE.....AMOR

DULCE.....AMOR

HOMBRE.-¡Je, je,je! Vamos a llamarla, seguro que se acaba de levantar y aún no ha desayunado...
¡RINGGGGGG!
MUJER.-¿Dígame?
H.-Hola, bonita...
M.-¿Eh? ¿Quién? Por favor, si es una broma...
H.-Vaya, parece que no recuerdas la dulzura de mi voz.
M.- ¿Eh? ¡Ah! No puede ser. ¿Dónde estás?
H.- Cerca, muy cerquita de tu casa.
M.-¿Dónde?
H.- En la puerta de la dulcería.
M.- Maldito, con el hambre que me he levantado.
H.- Pues nada, te espero. Tengo todo el tiempo del mundo, así que no te precipites. No pierdas las llaves. Aquí estoy.
M.- Voy en unos minutos.
H.- Tranquila, cielo...
Loco correcaminos, llegó en quince minutos. El la esperaba en la puerta de la dulcería-cafetería-chocolatería.
Se lanzó a sus brazos y el beso fue largo como de película de amor.
M.-¡Maldito! ¡Cuánto tiempo!
H.- Ummmm, se me quitaron las ganas de comer.
M.- ¿Cómo?
H.- Con besos tan dulces, comer más dulces puede ser empachoso.
M.- Oh, ni mil años que pasaran, cambiarás.
H.- ¿Tú quieres que cambie?
M.- En absoluto. Vamos pa drentro.
H.- Se te pegan mis decires¿eh?
M.- Eres sangre de mi sangre, ladrón de corazones.
H.- ¡Y yo sin enterarme!
M.- Bueno, vamos allí, al rincón, por aquí pasa mucha gente del trabajo.
H.- De acuerdo. Allí....
Se fueron a un rincón, al fondo, en el que las figuras quedaban discretamente cubiertas de miradas indiscretas.
H.-¿Qué me recomiendas? Yo no tengo ni idea. En mis investigaciones he visto que hay opiniones encontradas.
M.- ¿Investigaciones? ¿Cómo?
H.- Querida mía, en el mundo interespacial las informaciones abundan. Y en el Banco Noticiero Internacional, con un clic de máquina, rápidamente tienes la información que quieras.
M.- A propósito, ¿dónde andabas esta vez?
H.- En las Pléyades, cerca.
M.- Pero se tardan años luz. ¿Cómo has venido?
H.- Bueno, todo llegará. Primero vamos a tomar fuerzas, porque si no...
M.- Una tostada.
H.- Al parecer son geniales.
M.- Sí, aunque hay gente a las que no les gusta.
H.- Los malafollá abundan en todos sitios. Lo importante es tener gusto propio y no dejarse llevar.
M.- El café es excelente, aunque a estas horas prefiero una leche manchada. Es más suave para el estómago.
H.-¿Hay leche merengada?
M.- Sí, y muy rica.
H.- Pues yo leche merengada y también tostada.
M.- Y después dulcería.
H.- ¿Pero no estabas a dieta?
M.- Como decía una amiga: Cuando siento a mi dulce amor, me entra hambre feroz....
H.- Muchas gracias por lo que me toca.
M.- De nada amorsito, jujujjuuu
H.- Bollería. Esas ricas palmeras de chocolate. No sé como se llama eso que por arriba lleva chocolate y dentro crema de merengue....
M.- Yo tampoco, pues eso.
H.- Pues eso.... , y rosquillas y petisú... y después seguimos.
M.- Uy, los michelines.
H.- Maravilloso...
M.- ¿Cómo?
H.- Después succión a distancia mientras trabajas. Jijijiji.
M.- ¿Y esta noche?
H.- No te suelto. La cena, michelines con aceite de oliva y salsa agridulce.
M.- ¿Yo también?
H.- Por supuesto.
M.- Pues bien, a pedir.
Ella llamó a la camarera que, sorprendida por la cantidad pedida, sonrió como diciendo algo sobre los michelines. Ella le devolvió la sonrisa... Diálogo femenino en silencio.Mientras tanto alguien entró en el local.
M.- Maldición, a quien menos me gustaría que me viera, me lo tengo que encontrar aquí.
H.- Tranquila, ve al servicio y te lavas las manos.
M.- ¿Qué?
H.- Eso, que vayas al servicio y te laves las manos.
Así lo hizo. Conforme el agua iba enfriándole las manos el rostro volvió a los años juveniles. Rostro más afilado, apropiado para la edad, pelo largo y ojos aún más profundos y matadores. Ella misma quedó sorprendida. Nadie podría reconocerla.
M.- ¿Qué me has hecho?
H.- No pasa nada, cuando se vaya volverás a tu ser.
La camarera vino pero no notó nada. Cuando las personas sin peligro se acercaban veían el aspecto primero. Sólo los peligrosos o no deseados no veían la realidad.
Empezaron a comer. Se sentían con la mirada y cada bocado al pan, al dulce, era un beso a la otra persona. Del cuello al trasero una corriente eléctrica los recorría con cada bocado. Los ojos se transponían. Era un claro orgasmo producido por el placer de la comida y la imaginación sensual.
Cuando terminaron de tomarse la bebida soltaron un magnífico suspiro. El orgasmo se había producido sin que nadie se diera cuenta.
M.- ¿Y esto?
H.- Allí, en Pléyades hay avances que serían increibles en la Tierra.
M.- Pues viva Pléyades porque ha sido magnífico.
La tostada, medio bollo con aceite y jamón muy picadito. Placer de dioses. Se miraban y se relamían. El rostro decía que eran felices. Terminado el pan y la bebida, los dulces chocolateros los degustaron con el mayor placer. El chocolate y la crema entraban tan ricamente, dejando su rastro de sabor en el retrogusto y llegando al estómago donde caía como bocado de Cardenal. Y la bebida calentita
calentando el cuerpo y mucho más allá. Incluso sudaron con los calores que iban sintiendo con lo que tomaban.
H.- ¿Qué tal? En el mundo interestelar no hay estas cosas. Hay pastillas más que sofisticadas para la alimentación pero no estos sabores.
M.- Has hecho bien en llamarme para que viniera aquí. Oh, ya se va el tipo que no quería que me viera.
H.- Bien, entonces ve de nuevo al baño y te vuelves a lavar las manos. Volverás al principio pero más rejuvenecida.
M.- Eso, eso que tengo que seducirte.
H.- No creo que haga mucha falta, pero siempre está bien....
Ella así lo hizo. Entró, cerró, le dio al agua y empezó a lavarse las manos. El rostro fue volviendo poco a poco a la edad actual. Era sorprendente porque seguía conservando el aspecto juvenil de siempre.
H.- ¡Qué bonita eres!
M.- Gracias, amor, pero eres un mentirosillo....
H.- No te lo crees ni tú misma...Bueno, ¿por qué el nombre de esta pastelería?
M.- Ni idea. ¿No me vas a decir que lo sabes?
H.- Bueno, a finales del siglo XIX se fundó una pastelería en el norte con ese nombre. La pareja que la fundó se casó, fue tremendamente feliz y el negocio duró 103 años.
M.- ¿De ahí procede?
H.- Tal vez no, pero es un nombre muy de época. La dulzura que une los corazones. Completamente romántico.
M.- Pues sí que sabes tú....
H.- Banco Noticiero Internacional, jajajajaja.
M.- ¿Por qué no me has avisado que venías?
H.- Quería darte una sorpresa.
M.- Pues sí que lo has conseguido, sí. ¿Cómo has venido desde Pléyades? Eso está a años luz....
H.- Seguramente habrás visto películas en las que las máquinas contraen el tiempo y el espacio. Hay un sistema paralelo al normal en el que se entra en un tunel espacial que va a una velocidad más allá de la de la luz. Se llama Washa o Washap o algo así, yo le llamo guasa jajajajajaja. Un año luz se recorre en unos minutos. Quería verte...
M.- Vamos que no puedes pasar sin mí.
H.- Bueno, y al revés....
Ambos rieron de lo lindo.
M.- Nos pasa lo mismo. Ay, tanto recorrido para una horita.
H.- No en absoluto. Pienso estar todo el rato a tu lado.
M.- Pero tengo trabajo y las preguntas sobre tí no me van a dejar trabajar, aunque no importa.
H.- ¿No sabes que me vuelvo invisible?
M.- ¿Eh? ¿Cómo es eso?
H.- Me sentirás muy cercano, pero no me verás. Además podré acariciarte, y darte ánimos.
M.- Uy, qué peligroso...
H.- Tranquila, no molestaré. De vez en cuando te acariciaré el culete.
M.- ¡Qué rico! Vamos...
Se levantaron, el sacó un billete grande y pagó, la sobra se la pasó a ella.
Ese día el trabajo era de papeleos. Ministerios, oficinas. El, a su lado, en realidad se metía en las palabras de ella y daba soluciones que los representantes legales no habían alcanzado.
Como le tocaba el trasero, no estallaba de risa, pero la sonrisa maravillaba a los mandamases. Todo fue perfecto. Cuando terminó el trabajo, todavía sin aparecer, la acompaño a casa. Entraron y él se sentó en el sofá mientras ella fue a cambiarse de ropa y ponerse cómoda. Cuando volvió él ya había vuelto a su estado primero. Se sentó a su lado, los besos sirvieron de almuerzo. En el sofá se quedaron profundamente dormidos.


 Cuando se dieron cuenta andaban por el espacio interestelar, ligeros de ropa danzando la danza de “La Dulce Alianza” de las estrellas, del dulce amor que debiera ser siempre la vida.

jueves, 11 de agosto de 2016

ENCUENTRO Y DESENCUENTRO (LA ESTACION)

ENCUENTRO Y DESENCUENTRO
(LA ESTACION)

Volvía a casa en el medio de transporte usual, el tren. Acababa de terminar el trabajo y, transbordo tras transbordo, había llegado a la estación central de la Megalópolis.
Por la tarde había tenido un encuentro casual con una antigua compañera de trabajo. Tomaron un café y charlaron de aquellos tiempos en que eran compañeros de mesa en la oficina.
El encuentro se había producido en una estación de metro. En la entrada de una estación de metro se habían despedido deseándose suerte.
Después, sentado por casualidad, dada la cantidad de gente que poblaba el andén, se enfrascó en la lectura de un libro sobre arte moderno. No estaba muy concentrado. La figura de su ex-compañera se entrecruzaba por entre las líneas del libro.
El encuentro y el desecuentro. Y como una cereza llama a otra, desde el fondo de su memoria surgió una estación de tren perdida allá en la raya entre España y Portugal.
La estación tenía un nombre que no recordaba. Había llegado a ella en taxi desde el pueblo más cercano, Jabugo, tierra del buen jamón.
Su ex-compañera también estaba como un jamón. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, y una chispa de deseo se fulgorizó en sus ojos.
Siempre eros y tánatos, fuerzas inherentes al cotidiano discurrir. Intentó concentrarse de nuevo en el libro.
En aquella vieja y destartalada estación había un árbol. No conocía su nombre, pero lo bautizó como Arbol de los encuentros y desencuentros.
Era un árbol curioso. Lleno de fotografías. Unas eran de soldados vestidos y preparados para partir hacia su cuartel de destino.
Había recién casados despidiéndose de sus familias. Encuentro en un huevo hogar, separación, salida del nido familiar.
Coronaba el árbol una urna con la imagen peregrina de una virgen. Pero lo más sorprendente era la fotografía de un hombre mayor, cadáver, clavada en el árbol con una chincheta.
Era como si la gente de aquella comarca tuviera el árbol, semental hacia el cielo, como icono de la vida que viene, de la vida que se va.
Intentó borrar aquella curiosa imagen de su mente. Paró el tren en una de las numerosas que le esperaban hasta su casa. De pronto, por los altavoces interiores del vagón decían que en una de las estaciones más populosas de la línea había ocurrido un accidente, muerto incluido. Pedían disculpas por el posible retraso.


 De nuevo sintió la terrible realidad de lo que es una estación de trenes. Lugar de encuentro, lugar de desencuentros. Camino hacia la felicidad, camino hacia la nebulosa soledad de la nada.

lunes, 1 de agosto de 2016

CIUDAD APOLINEA

CIUDAD APOLINEA

La muchacha sacó los trebejos que suelen llevar las mujeres cuando quieren afianzarse la máscara de la belleza.
Eso forma parte del ritual femenino y no tenía nada de particular.
Había gente que lo veía normal y prefería una máscara a la naturalidad del rostro límpido.
Pero para él siempre resultaba extraño el maquillaje. No sabía si la mujer era un animal enmascarado o era un ser natural en sus reacciones.
Todo aquello lo retrotraía al tiempo en que llegó a la ciudad. Desde un lugar y desde otro era bombardeado con recriminaciones: No se puede mirar a los ojos, no se puede hacer esto, no se puede hacer aquello, ni lo de más allá. No se podía hacer nada, todo estaba mal.
El lugar del que venía estaba situado en las antípodas del mundo y en las antípodas de la civilización. Era un lugar al que le faltaba mucho, un lugar inculto en el que la gente no se sabía comportar en público.
El lugar al que había llegado era todo lo contrario. Un lugar refinado en el que la gente sabía comportarse con refinamiento y educación.
Como novato en la ciudad, tenía que comerse todos los sapos y culebras que intentaban salirle por la boca.
Se sentía como un niño al que los mayores, en nombre de la buena educación, quisieran aniquilar totalmente.
Cuando él hacía algo, siempre estaba irremediablemente mal, pero cuando los lugareños hacían exactamente lo mismo, si era un error, todo terminaba en risas de disculpas ¡Estoy chocheando!, y todo el mundo se reía como un imbécil de nacimiento.
La situación le recordaba aquella copla que decía que si el señorito bebía, iba alegre el hombre. Pero si quien bebía era el pobre, era un borracho y un inmoral.....
Acababa de ver en el metro a una mujer en los treinta, sentada, a veces se sonreía, lo que no tenía nada de especial. Tal vez se estuviera acordando de algo divertido. Pero de vez en cuando se llevaba las dos manos a la boca intentando reprimir una carcajada, o se lanzaba el pelo, largo, hacia adelante, en un intento de no mostrar un rostro gozoso de risa sorda.
¿Qué sería? Un buen recuerdo, un momento de total alegría o placer..
O lo mismo era esa cuerda floja de las prohibiciones que acaban por volver
estúpido al más cuerdo.
Todo era muy extraño. Parecía una ciudad llena de señorío, que miraba a todos y a todo por encima del hombro, despreciando al mundo.
Teóricamente era un pueblo laborioso, pero al que se le veían los zancajos destrozados de su pereza.
Machacados por las máquinas eran auténticas máquinas trabajando. Cuando algún tornillo saltaba, fallaba absolutamente todo.
Durante años esa buena forma de hacer había consistido en anunciarse dejando información en el buzón.Ahora,descaradamente tocaban
al timbre de la casa y no se iban hasta que no salía alguien. Intentaban la venta de lo invendible.
Era un pueblo muy unido que no se empujaba cuando bajaba del tren, por debajo, y sin que casi nadie se apercibiera, se pegaban patadas puras y duras y si había que dejar de respetar a los mayores se hacía con la mayor inconsideración.
Había visto como un señor de mediana edad empujaba a una anciana que se interponía en su camino a la hora de dirigirse él a tomar el tren. Una anciana que podía ser su madre. Uno de los días de descanso nacional se llama el día de mostrar respeto a los mayores. ¡Vivie para ver!, pensaba.
Sentía los golpes de moral vacua haciéndole daño en los testículos. La máscara de la hipocresía era lo importante. La amabilidad se reservaba para aquel del que se podía obtener algún beneficio, a los demás, máscara, maquillaje o pistoletazo al canto.
Cuántas veces habría dicho al ver algo o a alguien en televisión: Tiene cara de mafioso. El mundillo de este deporte parece corrupto. Esa asociación es peligrosa.
Se le habían echado encima. El no entendía porque era foráneo. Con el tiempo, todo aquello que había intuido, lamentablemente se iba haciendo realidad. Pero esa verdad no se la podía restregar a nadie por la cara porque seguía siendo foráneo y no entendía.
Piedad, conmiseración.... Todo lo que de bueno podía tener el ser humano para con los demás no tenía ningún sentido para con esa vacuidad en la que un orgulloo negro imperaba.
La poesía estaba llena de flores porque hablar de las personas daba asco.


11 de septiembre de 2011 

viernes, 22 de julio de 2016

EL RESFRIADO

EL RESFRIADO

Abrió la puerta y se encontró con una situación inesperada. El sí había tenido trabajo, pero ella no. Desafortunadamente desde el día anterior llevaba arrastrando algo parecido a un resfriado. Habían quedado en que ella estaría en cama todo el día hasta que se sintiera mejor.
Rabillo de lagartija, no había podido aguantar en la cama sin intentar hacer lo que creía su deber. Se había levanto, ido al baño, había tomado algo caliente y cuando se sentó en el sillón de la sala de estar, se recostó como si hubiera perdido el sentido.
Desde la puerta de entrada la llamó pero sólo respondió con un murmullo. Cerró rápidamente y se dirigió hacia donde estaba.
-¡Dios que te conoció! ¿Qué es esto?
Estaba en salto de cama y con una bata lo suficientemente gruesa como para no sentir frío. Estaba ardiendo.
-¡Joder! ¿Puedes sentarte bien?
-Ummmm, más que una respuesta era un murmullo y un movimiento de cabeza. La ayudó a sentarse. Fue rápidamente a la habitación y trajo una manta. En el armario buscó otro salto de cama y lo sacó, también buscó otra bata.
-Espera un minuto, cielo.
Se fue rápidamente a la cocina, colocó en un recipiente el equivalente a un vaso de leche. Encendió el fuego , por otra parte buscó unas aspirinas y la miel que tanto gustaba a ambos. También afortunadamente tenían en el frigorífico un tubo de gengibre, preparó un vaso , más bien un jarro con asas. Cuando la leche estuvo a punto la echó en el jarro, echó una buena cucharada de miel, un poco de gengibre y un buen roción de brandy. Lo cogió todo y se fue hacia el salón.
-Vamos a ver, las aspirinas.
Ella las cogió y se las metió en la boca.
-Y ahora a beber. Sin protestar, ¿eh? Burra, que a veces eres más burra que los rocinos de tu pueblo.
Con el rostro medio de protesta, los ojos le estaban dando las gracias. Sabía que lo que decía era verdad. Era muy cuidadosa hacia lo de fuera , pero no siempre hacia si misma.
Entre gestos de satisfacción y de poner cara de amargura por los distintos componentes del mejunje, se fue tomando la bebida.
Mientras tanto él había ido al cuarto de baño, empezó a llenar la bañera a una temperatura adecuada, soportable. Preparó la ropa, preparó las toallas, volvió al cuarto de estar. La lenvantó y le dio la mano.
-Ven.
-¿Eh?
-Ven, te digo.
Ella , un tanto sorprendida obedeció. Llegaron al cuarto de baño, ya caliente por efecto de la estufa y el agua y la sentó en una silla.
-Bien, ahora, primero, la bata. Tranquila, yo te abrazo para que no tengas frío.
Se quitó la bata y la puso en el cesto de la ropa, en este caso más que sucia empapada en sudor. El salto de cama, la ropa interior, y quedó desnuda. Debido al efecto interior de la bebida y al exterior del calorcito del baño no temblaba.
El también se quedó en la ropa mínima. La metió poco a poco en la bañera, como solían hacer cuando se bañaban. Acabó de desnudarse completamente, entró en la bañera y la abrazó.
Tenía una especie de esponja con la que la iba friccionando poco a poco. Empezó a sudar. Parecía ir saliendo del sopor paso a paso. El se puso de pie. La levantó y le dijo que pusiera una mano contra la pared para no caerse. La fue enjabonando y la friccionaba con la esponja. La cara de dolor y sufrimiento que tenía cuando él llegó se fue relajando e iba poniendo un rostro de bienestar.
De arriba hacia abajo, por delante y por detrás, no quedó rincón de su cuerpo que no hubiera recibido el restriego del jabón y la esponja.
Con el tubo de la ducha le fue quitando la espuma. Todavía en la bañera le pasó un gran toallón y con toda la mimosidad del mundo la fue secando. Ella se dejaba hacer, era realmente placentero.
Una vez seca le fue colocando las distintas prendas dejándola muy abrigadita. El se duchó rápido y se vistió con lo que también se había preparado.
-Y ahora a la cama.
-Sí, por favor.
La llevó hasta la cama y la hizo acostarse. Bien tapada, en menos de cinco minutos quedó frita.
El mientras tanto se preparó algo de comer, y comió al tiempo que de vez en cuando iba hasta la cama para ver cómo iba todo.
Serena, durmió la tarde y al día siguiente , domingo, a las nueve de la mañana despertó.
-Buenos días, amor...
-Ahhh, ¿ya estás despierta?
-Siiiiii... ¿no has dormido?
-Bueno, lo que te dejan los niños chicos cuando están enfermitos.
-¿Enferma yo?
-¿No me dirás que no te acuerdas de lo que tuve que hacer cuando volví?
-¡¡¡¡Eh!!!!! No me acuerdo de nada.
-¡Oh, no!
Ella sonreía con un rostro lleno de la mayor picardía de mundo. El se había tapado el rostro con las manos.

-¡Claro que me acuerdo, cielo! Gracias-. Y comenzó una sesión de besos de lo que no está escrito en los libros. 

lunes, 11 de julio de 2016

LA PRINCESA DE LOS FUEGOS ARTIFICIALES

LA PRINCESA DE LOS FUEGOS ARTIFICIALES


¿Cuándo nació la Princesa?, preguntaron los niños a la abuela.
Es una historia muy antigua. Tan antigua como el mar, como la misma vida.
Era una país lejano y bello, como la misma belleza. Tanto que, para nosotros, rodeados de tanta miseria y fealdad nos es imposible imaginarlo.
Había una Rey y una Reina. Los dos eran muy buenos, muy buenos. Tan buenos como la misma bondad.
Se querían tanto que, fruto de su amor, querían que viniera al mundo un montón de principitos y princesitas.
Vivían en un palacio-castillo grande, grande y bello como la más hermosa de las mansiones bellas. Rodeado de amplios jardines en los que se criaban muchas flores, perfectamente cuidadas por los jardineros más expertos.
Al cabo de un tiempo de feliz matrimonio, la Reina empezó a sentir unas molestias extrañas en los oídos.
Oía unos ruidos que no sabía cómo interpretar, porque era la primera vez que los sentía.
Así pasaron un par de meses de molestias, hasta que un día escuchó una voz espléndida que le decía:
Mamá, no te preocupes. Soy yo, tu hija, Luz Brillante. Ya estoy en camino y dentro de poco nos reuniremos. Vengo de un sitio hermosísimo, bellísimo. Donde tú vives le llaman Venus. El paraiso de la belleza y el amor. Unos corazones rebosan amor. Cuando eso ocurre, uno de los habitantes de Venus va a la Tierra a unirse con esa pareja que tanto se quiere. Yo soy vuestra hija.
La Reina estaba tan contenta que no sabía qué hacerse. Era la impaciencia pura. Ayudada por sus criadas y amigas que la aconsejaban, estuvo preparando toda la ropita necesaria para su futura hija.
Pasó el tiempo y llegó la temporada de los calores y las tardes de paseos a la vera de los ríos.
Los Reyes, queriendo que sus vasallos se divirtieran, organizaron competiciones de fuegos artificiales.
Se dedicaban a ello los mejores artesanos del país, y siempre resultaba maravilloso.
Ese año la ocasión era aún más especial, porque ya todo el mundo sabía que la Reina iba a ser mamá.
Entre la desembocadura del río y las playas del mar cercano se prepararon todos los artefactos necesarios para los fuegos artificiales.
Y empezó la fiesta. Tracas inmensas, con sonidos ensordecedores que los miles de ciudadanos, vestidos con trajes de todo tipo y color seguían embobados. Nadie pensaba que aquello fuera ruido.
Subían y subían los fuegos y al explotar adquirían las más diversas formas.
Los había que parecían caras de payaso, otros sauces llorones, los había señalando una flor concreta. Todos, todos, eran sencillamente maravillosos.
Unos, evidentemente, gustaban más que otros. Aquellos que gustaban más eran aplaudidos con furor por el público que los contemplaba. Pero hubo uno que sorprendió por su belleza y su originalidad.
Era un lanzamiento largo, largo. A todo el mundo le pareció que era una larguísima caña de bambú maravillosamente diseñada.
Subió más que ningún otro y, de pronto, por la parte superior, apareció la figura de la que parecía una niña. Una niña como la de los cuentos de hadas. Ojos rasgados, pelo largo, negro y brillante. Boca pequeña como de cereza madura. Su piel era más blanca que el color blanco. Y era billante, brillante.
El corazón de lo presentes sintió una punzada. Era como un presentimiento. Parecía una premonición de cómo sería la hija de los Reyes.
Era, en definitiva, tan estilizada y bella que no hay palabras para ponderarla. Piense cada cual como quiere que sea su Princesa ideal y tendrá la respuesta.
La fiesta terminó. Los corazones estaban satisfechos, contentos, superfelices. Esa noche todo el mundo pudo dormir y soñar los mejores sueños.
A la mañana siguiente, en efecto, se había producido el milagro. La Princesa había nacido y. al parecer, recibiría el nombre de Luz Brillante.
Había nacido con aquel fuego artificial tan hermoso que todo el mundo contempló. Todos, sin saberlo, pero sintiéndolo, habían asistido al nacimiento.
Sus fotografías fueron publicadas en la prensa. Era exactamente igual que todos la habían visto en los fuegos artificiales.
Aparecía con los ojos cerrados y una sonrisa de felicidad inconmensurable. Sus piernas, sus brazos, todo perfecto en proporciones y formas. Era la belleza personificada.
Además de brillante en belleza, los adivinos le auspiciaban brillantez en sus acciones, en su conocimiento, en su vida. La Princesa Luz Brillante acabaría siendo la Reina del Mundo.


sábado, 2 de julio de 2016

LA PRINCESA DE LAS TORTUGAS

LA PRINCESA DE LAS TORTUGAS


A través de las cortinas entornadas se filtraba la luz de la mañana. Era aún una luz suave, una luz que se iba desperezando poco a poco y ayudaba a los humanos a salir de la perezosa sensualidad del sueño.
Abrió los ojos. La habitación en penumbras se iba iluminando con aquella luz tamizada de albor. Se dio cuenta de que sus labios esbozaban una sonrisa y que dentro del pecho algo bailaba de alegría. Le pareció extraño porque no recordaba haber soñado con nada especial, ¿o sí?
Delante de él había un calendario ¡Equinoccio de verano! ¡Claro! Sí, había soñado algo. Ahora empezaba a aflorarle la razón de su sonrisa. Había soñado con lo que le había ocurrido hacía varios años aquel mismo día.
La ciudad, a la caida de la tarde, estaba en plena efervescencia. La gente iba y venía de verbena en verbena. Aquí y allí se preparaban para ver y oir fuegos artificiales y conciertos más o menos desconcertados.
Aquel día veraniego paseaba por la verbena de su barrio. Sentada en un banco de los jardines del parque se encontraba ella. No la había visto nunca. ¿Vivía por allí o había venido de otro lugar? Envuelta en un maravilloso vestido azul de una pieza, floreado, rameado, le pareció un ser divino. Ni Blancanieves, ni la belleza de Cenicienta, ni...., bueno, no se acordaba de muchos nombres de bellas que llenaron sus lecturas infantiles. ¿O sería la sensualidad de Sherezade? ¿O la perversidad erotizada de Salomé? Parecía un ser oriental. Pero también podía ser de otro lugar. ¿Cómo se llamaba aquella ropa? ¿Sari, yukata , kimono? Le sonaba, pero no sabía situarla. Que no era típica de donde vivía era lo único cierto. Fue a sentarse en el banco en que ella estaba.
  • ¡Hola!
  • ¡Hola!
  • Tú no eres de por aquí, ¿verdad?
  • No, acabo de llegar de la Luna de Polaris y no conozco a nadie.
  • ¿De la Luna de Polaris?
  • Sí, en la Luna de Polaris vivimos seres como yo.
  • ¡Ah, bueno!
El la miraba y ella lo miraba. Habían conectado desde el primer momento, aunque aquello de “seres como yo” le sonaba raro. Parecía una mujer, especialmente bella, pero una mujer...
La gente que pasaba por allí lo miraba a él, extrañada. ¿Qué sería Polaris y su Luna? ¿Seria algo del Polo Norte? ¿O sería, creía recordar, un submarino atómico? No preguntó nada más porque no quería dar muestras de su ignorancia.
Siguieron hablando y hablando hasta que decidieron darse un paseo por la verbena. La miraba embelesado. No sabía dónde situarla. Parecía de allí, pero también parecía extraterrestre. Recordaba algunos cuentos de las Mil y Una Noches en los que seres que vivían entre el cielo y la tierra presentaban toda la belleza que puede existir en una mujer, en plenitud de su misterio, en plenitud de un no sé qué entre místico y profano. En la verbena se compraba y se vendía. Peces de colores, molinillos de viento, comidas más o menos dulces, más o menos para tomar con cerveza o un buen vino, incluso había puestos de tortugas.
La música tronaba dejando sordos a los oidos más refinados. Mozos y mozas bailaban, bebían, reían.... Era una algarabía de alegría y placer.
Decidieron alejarse un tanto de aquel ruido. De pronto la chica se puso a llorar. ¿Qué pasa, qué pasa? Se encontraba perdido por completo. No sabía a dónde acudir. Las lágrimas le afluyeron a los ojos como a los niños que en un berrinche rompen en llanto sin saberse por qué.
_ ¡Mira, mira! ¡Alguien ha abandonado a esas dos tortuguitas en una bolsa sin agua!
Iba a decir que las cogiera y se las llevara, pero quizás la situación tan extraña y una cierta vergüenza le hicieron desistir de ello.
_ ¡No puedo, no puedo! Cuando veo estas cosas el alma se me nubla, es superior a mis fuerzas. Pobres animalitos.
Pero no se las llevó, pensó él. Siguieron su camino charlando animadamente. Pasaron por una calle llena de restaurantes. El olor que flotaba en el ambiente invitaba a entrar en alguno de ellos para llenar la andorga.
_ ¡Ah, quiero comer sopa de tortuga!
_ ¿Qué? ¿Sopa de tortuga?
_ Sí, de donde yo soy es una comida normal. Además es muy buena para la vitalidad humana.
_ (¡Chica más rara! Hace un minuto llorando y ahora se quiere comer a las tortugas, pensaba) Pues aquí como no te conformes con unos pulpos a la plancha o unas sardinitas asadas...
Le recordaba esas historias de películas de bellas sirenas que se enamoraban de un humano y que cuando veían algún producto marino se lanzaban sobre él para zampárselo. ¡Cosa más extraña de criatura!
Entraron en un chiringuito de pescaito frito. Siempre pedía dos raciones de cada plato. Uno se lo comía él y el otro se lo tomaba ella. Aunque la gente sólo veía a una persona en diálogo con un ser invisible y que el plato de ese ser se quedaba intacto. Pero como pagaba nadie le hizo el menor comentario.
Comieron, salieron a la calle y se mezclaron de nuevo con el bullicio de la gente.
_ ¡Ah, las diez!
_ ¿Y qué?
_ Tengo que volver.
_ ¿A dónde?
_ A la Luna de Polaris. Yo vengo de un lugar llamado la Laguna Seca. Es una laguna de leyenda que existe de verdad. Sólo cada cien años aflora el río subterraneo que la alimenta y la llena completamente. Por eso es una laguna misteriosa que aparece en las leyendas pero en ningún libro de geografía ni de astronomía. Y ahora adiós...
_ Pero...
_ Sí, adiós...
Se acercó a él, le besó en la mejilla y desapareció entre el ruido de la noche. Nunca más la volvió a ver.

Ahora, varios años más tarde, la recordaba y no sabía si aquello había sido real o era el producto de su imaginación. No sabía si aquella criatura era un ser lunático o el lunático era él.