lunes, 2 de julio de 2018

LA OLLA CORREDORA


La semana se levantó dramática. Las primeras imágenes noticieras eran de una carrera de Maratón, muy lejos del lugar en donde vivía.
A la llegada de los primeros corredores, de cerca de 30 mil, hubo dos explosiones seguidas. Gritos histéricos por todas partes, desvanecimientos, heridas que no se muestran porque es políticamente incorrecto.
“¡Bombas!” En principio las palabras oficiales no fueron bombas. fueron explosiones. Exquisito uso del lenguaje para no levantar miedos indebidos, tal vez.
Pero aunque no había ninguna seguridad, ya se apuntaba hacia un acto terrorista.
Desde esta plataforma que es el buque Yamato habrá como doce horas de diferencia hasta el lugar de los hechos. “¡Dioses! ¡Las noticias vuelan!”.
Quizás el subsconciente generalizado apunta siempre a la ecuación explosión igual a terrorismo igual a islamismo radical.
No se puede estar al tanto de todo porque ya sería mucho terrorismo estomacal dejar el trabajo para conocer más.
En el buque Yamato también se nota un cierto nerviosismo. En esas aburridísimas, como en todo el mundo, reuniones del gobierno, para determinar, discutir cosas : El Gran Jefe dio órdenes de extremar la alerta. Y ciertamente se ha extremado.
Iba uno a dirigirse a su lugar de luchar por los garbanzos. Ya dentro de la estación, cuando iba a empezar a descender las escaleras para acceder al andén, un tipo, - se intenta no descargar la ira a través de las palabras-, se me acerca y en voz un poco ostentosa dijo algo así como que era policía de no sé dónde, y que le enseñara no sé qué porque últimamente últimamente indocumentada, creí escuchar más que escuché.
Seguramente me vería cara de pipiolo. La zona por la que uno habita es un distrito especial educativo para chicos y chicas a los que por los siglos de los siglos se les ha llamado “imbéciles”, como se podría llamar rúbio, negro, gordo o flaco. La indiscriminación no tiene nada en absoluto que ver con la realidad que se ve. A veces la indiscriminación está escondida en las ocuras curvas del corazón y no en las palabras. Son niños que acuden a las escuelas de la zona porque desgraciadamente no pueden estar con los otros niños ya que lo que harían es tirar hacia atrás de ellos. El tipo, en definitiva, parecía uno de ellos.
No mostró nada, sólo verborrea, y además iba vestido cual trabajador de kiosko. Lo tenía todo menos facha de policía.
Mi boca no se había abierto, no había dicho ni fu ni fa. El hombre, ciertamente se disculpaba con un muelle flexible en la columna vertebral pidiendo perdón.
Muy contenido estaba yo pero, sin remedio, mirándolo a los ojos: “¿Quién eres tú?”, le espeté en su lengua. Se le notó un repingo y una frase, intento de expresar su sorpresa en voz baja: “¡Ah, habla japonés!” El hombrecito, obediente sacó su placa policial, salvo que fuera falsa. “¡Llevo 31 años en Japón!” “Oh, perdón, perdón”.
El hombre parecía perdido. Lo mismo era un verdadero pipiolo que acababa de graduarse en la Academia de Policía y tenía que responder al mal trato moral a que los someten las altas y putrefactas- Lorca, Dalí, Buñuel, dixit- autoridades policiales.
La policía anda nerviosa o tal vez se trata de una presión hacia el foráneo. Se entiende que la policía tiene un deber que cumplir, pero resulta muy desagradable que te vengan por la espalda y además sin identificarse. Sólo los jefe politelevisivos vienen de frente aunque con cara de tener algo malo en el estómago.
Seguro, seguro que el Maratón de Bostón (je) está influyendo en cosas un poco raras.
Le enseñé el documento identificativo y pidiendo perdón se fue por donde había venido.
En los 31 años que llevo en Japón, tres veces me han pedido el documento de identidad que deben llevar los foráneos.
En las tres ocasiones, un día o dos días antes se había producido un atentado terrorista llevado a cabo por grupos radicales islamistas. ¡Por todos los dioses habidos y por haber! ¡Será que mi rostro parece más de islámico (único punto común de esa cultura) que de la llamada Europa blanca! Todo podría ser.
En el momento de terminar de escribir esto uno de los sospechosos está criando margaritas y el otro está a punto de caramelo.
Kokubunji 20 de Abril de 2.013

viernes, 22 de junio de 2018

LA PARTIDA


A.- Niña, bonita, despierta que ya es la hora.
M.- ¿Eh? ¡Ah, con lo agusto que estaba en el sueño!
A.- Ya es la hora bonita.
M.- ¿La hora?
A.- Sí, la hora de irse hacia las estrellas.
M.- Pero, ¿quién eres tú?
A.- ¿Cómo? ¡Te olvidaste! Claro, hace tanto tiempo....
M.- Oh, mi Antoñito ¡Cuánto tiempo sin verte! Ven , ven aquí que te abrace, mi amor. ¡Pero si te resbalas entre mis brazos!
A.- ¡Claro! ¿No ves que soy un espíritu?
M.- ¿Eh? ¿Me estás diciendo que he fenecido?
A.- No, simplemente te has quedado en el sueño. Te voy a abrazar. ¿Ves? Tu también eres ya sólo un espíritu, o un alma, llámalo como quieras.
M.- Anda, pues si el cuerpo está aquí tendido y yo aquí sentada... ¡Qué ligerita! ¡Y puedo hablar contigo! ¿Qué es esto? Pero si me puedo levantar. ¿Y tú?
A.- Yo he venido a recogerte y a llevarte conmigo.
M.- ¿A dónde?
A.- Más allá de las estrellas
M.- Pues sí que has tardado, hijo.
A.- Es que está muy lejos, cariño.
M.- Sí, seguro, seguro que te has encontrado por ahí por alguna pajarraca.
A.- Calla, calla, calla, sagerá. El camino parriba está lleno de gente todos los días. Gente que se estrella, gente que se envenena, que se tira por un puente, que le pegan un tiro, que se los cargan en las guerras. Conforme se va subiendo, o bajando, hay que torcer, volver, según el sitio de destino. Está más conglomerado que las autopistas en salida de vacaciones....
M.- ¡Ay, siempre tan tontuelo!
A.-¿Eh?
M.- ¿No ves que era una broma?
A.- ¡Ah, bueno!
M.- De todas formas, te he esperado mucho.
A.- Pues ya estoy aquí, en esta fecha tan particular.
M.- Ay, mi niño, más dulce que la miel de San Valentín.
A.- Como Valentín y su amada que prefirieron dejar este mundo a separarse. A tu lao, por siempre.
M.- Uy, qué pesao te vas a poner.
A.- Mira que me voy y no te indico el camino.
M.- Ja,ja,ja, no cambias.
A.- Tú tampoco-, ambos rieron de buena gana.
¿Cómo te has llevado con los niños?
M.- Oye que ya no son tan niños.
A.- Cierto, es que sólo tengo la imagen de la infancia.
M.- Bien, bien , no me puedo quejar. Se han portado de maravilla. Siento dejarlos tristes.
A.- Bueno, de vez en cuando te asomas en los sueños y les cuentas un cuento o un chiste.
M.- Ja,ja,ja...., con lo patosa que soy.
A.- Mira quien habla, la flor de la maravilla del sur.
M.- Gracias, hermoso.
A.- De nada, resalá.
M.- Bien, ¿qué hay que hacer?
A.- Vamos a tomar el tren.
M.- ¿El tren?
A.- Sí, ahora tenemos también tren AVE para ir al cielo.
M.- Pues sí que se ha modernizado San Pedro.
A.- Es que el cielo cambia en la medida en que cambia la Tierra.
M.- Entonces debe ser terrible, porque esto va cada vez de mal en peor.
A.- No, no, no. Esa parte es la del Infierno, la parte buena es la del cielo. Ya allí vamos nosotros, a nuestra casita.
M.- ¿Cómo?
A.- Sí,una casita como la que acabamos de dejar.
M.- No entiendo.
A.- Tranquila, en cuanto lleguemos lo entenderás.
Subieron al tren. Pasaron noches y días,, constelaciones y estrellas y pasaron por un tunel que atravesaba una montaña. Al otro lado llegaron a una estación. Alrededor era todo montañas, igualito, igualito a los valles, los montes, las cuestas de donde habían vivido.
M.- ¿Pero esto...?
A.- Sí, es una reproducción fidelísima para que no se pierdan las almas. Con el tiempo la figura humana se va transformando en luz. Si se produjera ese cambio de pronto sería un problema. Así se va adaptando el alma a su nuevo ambiente.
M.- ¿Y se puede trabajar o hacer algo?
A.- Lo mismo que hacías entre los humanos.
M.- Enseñar...
A.- Claro, y recuperarás tu esencia ya convertida en luz. Angel de luz y esa luz se la mandarás a los que has dejado allí hasta que vaya penetrando en ellos y abandonen las sombras que les invadirán un tiempo.
M.- Oh, qué bien me siento. ¡Gracias, amor! ¡Gracias por este reencuentro!
A.- Gracias a tí, ya se me acabó la murria que me invadía. Continuaremos aquí lo que allí no pudimos completar.
M.- Siempre juntos.
A.- Por los siglos de los siglos....
En un pueblecito entre montañas, tres personas se asomaron al ventanal. Era de noche, la noche estaba estrellada habiendo dos estrellas que brillaban de manera especial.
Di.- Mamá, mira, qué brillantes están aquellas estrellas.
Me.- Oh, la abuela no está saludando. ¿Y la otra?
An.- El abuelo.
No rieron , pero si se sonrieron, Comprendían que se habían vuelto a encontrar en los Campos Elíseos.

martes, 12 de junio de 2018

LA FELICIDAD FLOTABA SOBRE EL LAGO


I
No hay Luna. Señora de la noche, se esconde en las profundidades del lago. Allí la espera su amado, amante, para contarle su amor, como el viento a los árboles, como la montaña a la nieve. Porque el amor se esconde allá donde menos se piensa. Pequeñito y juguetón, como polvillo del desierto, se cuela por los poros del alma y cuando menos se piensa hace estallar los corazones. Echa y echa raices por los recovecos en los que sólo él puede entrar, se asienta y, cuando se le quiere expulsar, ya es imposible hacerlo. Se le puede disfrazar de fantasma, de desdeñoso afán de presunción, pero, transfigurado y todo, asienta sus reales en el fondo del alma, en el fondo de la laguna, de esa laguna en la que una noche se escondió la Luna y no quiso salir.
En la calle hace frío, el corazón tirita, no se sabe si de dolor o de pasión incontrolada. La noche está oscura.

II
El pescador resbaló de su barca y se cayó al lago cuando intentaba recoger las redes, pesadas, cargadas con el preciado producto conseguido con su perseverancia y esfuerzo.
Cayó, cayó y cayó. Se iba sumergiendo. Llevaba los ojos abiertos y también podía respirar. Le parecía extraño, pero era cierto.
El lago estaba en el fondo de la caldera de un volcán. Viejo como la vida mísma, acumulaba toneladas y toneladas de agua dulce.
¿De dónde procedían los peces? Misterios de la vida. Los montes todavía echaban fumaradas de azufre. A veces el viento las movía y hacían el ambiente insoportable con su pestilencia. El olor a huevos podridos se extendía por todo el valle.
A su pesar, todo alrededor era una maravilla. La belleza que se
contemplaba desde el centro del lago a la hora de pescar era indescriptible.
El pescador caía y caía. Llegó al fondo y, sin saber cómo ni por qué,
se coló por un cráter que había quedado apagado desde que el mundo es mundo.
¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Qué era aquello? De pronto se encontró en el epicentro de un palacio de cristal, todo adornado de perlas, corales, oro, plata y cualquier otro material precioso que imaginarse pueda.
Había un trono. En el trono se sentaba una ¿mujer? ¿Era aquello una mujer o la Belleza misma con figura femenina?
Bella hasta el punto de que la mejor descripción era el silencio. Bella hasta el punto de sentir punzadas de dolor en los ojos, en la punta del corazón. La palabra era insuficiente para describir tanta belleza.
Y no era sólo la belleza que se ve. Corazón de cristal, todos sus sentimientos podían verse como si en la palma de la mano se tuvieran cogidos. Sus sentimientos eran aún más bellos que la belleza de su figura.
El pescador abrió la boca, abrió los ojos... Las palabras se quedaban paralizadas en los labios. No podía articular sonido, pero en su corazón empezó a sentir algo cálido, indescriptible, algo que no sabía cómo definir.
¿Sería lo que la gente llamaba normalmente amor? ¿O era sólo la sorpresa ante tanta beldad? El mundo alrededor no era tan bello, era de una vulgaridad sublime comparado con lo que tenía delante.
La mujer le pidió que se acercara. Lo hizo lentamente, como con miedo. ¿Tendría que arrodillarse ante la Princesa? Sospechó que sería la Princesa de un cuento de hadas.
- No, no te arrodilles. Los Príncipes bellos y hermosos como tú no deben arrodillarse. Aquí está tu trono. Te he estado esperando por los siglos de los siglos y por fín has llegado. Esta es tu casa, éste es tu palacio. Todo está para servirte y yo sólo para amarte. Ven, acércate.
La Princesa lo besó como sólo se besa el más preciado de los niños, al más preciado de los amores. Con toda la ternura de que es capaz un corazón enamorado.
El pescador abrió los ojos. Se había quedado dormido mientras pescaba. Su prometida le había llevado la comida de mediodía y, aunque feucho, normalito y no demasiado sobresaliente en su aspecto externo, le había parecido tan hermoso que no dudó en robarle el más delicioso de los besos.
Sus sonrisas se entrecruzaron. El sol en el firmamento iluminaba un azul profundo. La felicidad flotaba sobre la brisa del lago.


III
Enamorado del lago, una y otra vez se sumergió en sus sueños en busca de la Princesa. No podía creer que todo aquello fuera cierto. Nunca había conocido un mundo de belleza tan radical. El mundo del que partía, aunque tenía momentos hermosos, no lo era en su conjunto.
Las dudas eran grandes, tenía que elegir. Destruir todo lo que había ido construyendo poco a poco y lanzarse sin pensárselo dos veces a las profundidades del lago, o negarse la beldad transparente de la laguna y aferrarse a todo lo que había sido su verdad hasta ese momento.
Conocía muchas leyendas en las que el lago siempre encerraba tesoros, ciudades, bellas mujeres, ardientes y apasionadas, esperando al amado de sus sueños. Y en cuanto alguien se había lanzado en busca del tesoro escondido, se había encontrado sólo con agua. No había más que agua, vida en la mayoría de las ocasiones, muerte en no pocas de ambiciosa locura.
Para él, tanto su prometida como la dama del lago eran verdad, de una verdad diferente, de una verdad complementaria.
Si hubiera podido unir las virtudes de una y otra en un cóctel de amor, podría tener entre sus brazos lo que el mundo denomina mujer , sueño ideal.
Ambas, para él, eran necesarias, imprescindibles, una bifurcación de realidad material y de ensueño, tan difícil de encontrar en la vida diaria.
No podía elegir.
Un día subió a la montaña. Quedaban restos de volcán, grietas por las que la lava se derramaba en ocasiones, fertilizando los campos. En una de las rajas que presentaba la tierra cabía un hombre de su tamaño. No lo dudó.
Era lo mejor que podía hacer. Mejor morir así que elegir. El moriría para que ellas vivieran.
El fuego de su corazón se fundió con el del volcán. La felicidad flotaba sobre la brisa del lago, en las fumaradas de la montaña.
Su alma, mariposa negra de los atardeceres, revoloteaba feliz, de flor en flor.
( Con San Manuel, Bueno al fondo)
ANTONIO DUQUE LARA

sábado, 2 de junio de 2018

LA LLUVIA


La lluvia recorría su cuerpo. A pesar de todas las protecciones , el agua penetraba hasta los más ocultos rincones de sus formas.
Desde el cuello, un hilo de suave lluvia, o de sudor, era difícil saber la diferencia, iba hacia abajo, cruzaba la espalda y llegaba a los intersticios de los glúteos, para perderse en las profundidades del cuerpo. No era en absoluto una sensación desagradable.
Recibía la caricia del agua recorriendo su columna como si de unos dedos amados se trataran. Era la enervación que llegaba hacia el interior buscando otros centros.
Desde el rostro, de maquillaje inalterable, el agua sudorosa descendía por los pómulos y se concentraba a la altura de la garganta, mano seductora acariciando la respiración de la amada.
Las aletas de la nariz comenzaban a mostrar una aceleración en su actividad. El agua recorría, descendía por las laderas del pomoroso cuerpo, y por el valle entre montañas. La yema de los dedos acariciaba y se dejaba llevar.
Se le concentró un alto grado de placer. Agarró el paraguas como si estuviera agarrando una zanahoria apetitosa. Quería morderla, sacarle el zumo que tanto le gustaba y tanta vitalidad le daba.
Deleitándose en su sabor, el agua recorrió el pecho y llegó al ombligo. Placer de dioses y seguía corriendo cuesta abajo.
Terminó aproximándose al bosque que precedía las puertas del alma. Los interiores estaban húmedos, secrecciones de su más profundo ser invadían la oscuridad. El agua llegó hasta ellas. Una explosión de placer contrajo el rostro. Después cayó en un profundo sopor y se quedó dormida.

22-6-2012

martes, 22 de mayo de 2018

PANTEON


A.- ¡Doña M.? ¿Cómo está usted?
M.- Mira hijo, aquí, que he venido para verte.
A.- Muy amable de su parte.¿Hasta dónde ha ido?
M.- ¿Conoces las Cabrillas?
A.- Sí, he oido hablar de ellas, aunque yo en astronomía estoy como pez fuera del agua.
M.- No me extraña, aquí al final no se enseña lo que se debiera.
A.- ¿Y cómo le va por esos mundos?
M.- Uy, qué bien, muy bien. Estaba ya un poco muerma con eso de no poder hablar.
A.- Muchas mujeres, si no hablan se sienten mal.
M.- Y que lo digas. Y yo que era maestra. Aunque me cansaba, cuando cogía carrerilla, como decían mis parientes, no me paraba hasta llegar a la Luna.
A.- Vamos, una pilluela parlanchina. ¿Cómo se está por ahí arriba?
M.- Muy bien, se puede hablar,se puede vivir sin comer...
A.- ¿Ehhhhh? ¡Qué aburrido, no?
M.- No, no, hijo, no. ¿Tu sabes los conflictos que trae el papeo?
A.- Sí, desgraciadamente. Decía mi abuela que todas las guerras las traia la comida. Y creo que tenía buena parte de razón.
M.- Así es. Allí no existen esas cuestiones. Podemos ver a quien queramos y dejar de ver a quien no nos apetezca. Seguimos un tiempo con el mismo cuerpo, buena figura, cada cual en la época que le tocó vivir. Es de lo más divertido. ¿Y cómo se llamaba tu abuela?
A.- A.R.T
M.- Anda, mi madre, pero si vive al lado de mi casa. Ya decía yo...Ahora entiendo. Entonces tú eres el nieto de la Señá Antonia. ¿Sabes?
A.- No, dígame usted.
M.- Que la Señá A. En otro tiempo fue pariente mía, y tú fuiste mi hijo.
A.- ¡No!
M.- Sí, así sentía yo que algo me faltaba, que faltaba alguien por venir. Ahora está to completo.
A.- ¿Y entonces, la niña?
M.- Acerca el oido. La niña, como tú la llamas fue en un tiempo tu hermana gemela. En otra época era hombre y tú mujer, y era tu esposo. Y en la última , al revés.
A.- ¡Recontra! ¡Ya decía yo que la sentía tan cerca! ¿Y, entonces, a partir de ahora?
M.- No hijo, no lo sé, y aunque lo supiera, no lo podría decir, de lo alto nos dicen que no debemos descubrirlo.
A.- ¿Y qué le parece esta tristeza de la niña?
M.- Es normal, hijo, es normal. Tantos años juntas que el vacío es grande. Pasará un tiempo y todo volverá a su sitio. Todavía le falta un poco para comprender con los ojos del alma. Cuando lo comprenda me sentirá a su alrededor y verá que no la dejo de la mano, pero falta aún un poco...Con una sonrisa en el corazón bastaría.
A.- Usted no se preocupe, que yo se lo digo.
M.- Gracias, hijo, gracias. Quiérela mucho, que ahora lo necesita, y mucho. Ay, ya se me acaba el tiempo. Ciau, ciau.
A.- Ciau, Doña Merche. Abríguese que el viaje es largo, y recuerdos a los parientes.
M.- De tu parte, de tu parte.
Así se desarrolló el diálogo entre el visitante y el espíritu de Doña Merche ante el panteón familiar en el cementerio de la sierra almeriense.

sábado, 12 de mayo de 2018

LA CAIDA


El sol resplandecía como hacía tiempo no lo había hecho. Después de un mes de abril bastante loco, climatológicamente hablando, parecía que mayo, mes de la belleza bruja, seductora, de las muchachas en flor, había estabilizado los nervios irascibles de los dioses temporales. Hacía calor incluso a las nueve de la mañana.
Sentado, albricias, en dirección al trabajo, se dejaba mecer por el vaiven del vagón. Una seductora y magnífica invitación al sueño. La noche anterior, sea porque la comida tuviera algún punto que hiriera el estómago, fuera porque en algún escondrijo del alma hubiera alguna cuestión a solucionar que no había florecido al consciente, lo cierto era que el sueño había sido poco reparador o al menos no tanto como hubiera deseado o sido necesario.
Con los ojos, no sabía muy bien si medio cerrados o medio abiertos, la verdad es que sus compañeros de vagón no parecían estar mejor, sentía que el mes de mayo era el mes de la inestabilidad del sueño.
El tren, camino de una de las mayores zonas de país en cuestiones histórico-turísticas, iba lleno de mozuelas con los petates rodantes. Tal vez jóvenes que tenían unos días de asueto y querían solazarse con la historia del país , o lo mismo, en la zona también había playas, quisieran lucir sus encantos biquineadamente vestidas. No era fácil saberlo, aunque para lo segundo tal vez fuera aún pronto. Fuera del tren el vientecillo, a pesar de todo era aún fresco.
Las chicas comían, reían, cacareaban como si de un lindo grupo gallineril se tratara, lo que daba alegría al vagón en el que iban, cargado de circunspectos rostros de seres de oficina o de matronas que comían papas viudas.
Lo cierto es que entre el vaivén, la alegre algarabía y el calorcito que le recorría la espalda, se quedó dormido.
Don Quijote, en la cueva de Montesinos, según el estudiante y Sancho Panza que lo acompañaron hasta su entrada, no había estado en ella más de una hora, pero a él le parecieron tres días. Diferencias del sentir según el lugar y el ambiente.
De pronto, sintió, una hermosa damita cayó sobre sus piernas, un cierto dolor porque la forma de caida, sin preparación y dormido, no era la más adecuada para recibir aquel admirable ser digno de todo amor.
Se despertó medio asustado, ¿un terremoto? Tardó un rato en salir de su error. El hecho había acaecido, pero no sobre sus piernas, lo había echo sobre las piernas de otra de las compañeras. Esta dio un gritito de dolor que fue lo que le despertó.
Cuando se dio cuenta un leve sentimiento de tristeza le recorrió el cuerpo.
-¡Ah, si hubiera sido como en el sueño!-. Se dio cuenta que se estaba acercando a la estación en la que debía hacer cambio de tren.
-Bueno, no hay mal que por bien no venga.
La culicaida escondía el rostro entre las risas y el sentimiento de vergüenza, todo el mundo la había visto caer, pero lo cierto es que el suceso había levantado la sonrisa en una mañana cálida en todos los rostros oscuros de los viajeros del vagón.
10-5-2013

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA BOLSA


Comenzó la lluvia. El tifón, el huracán, el monzón o la tormenta provocada por la baja presión, empezó a hacer de las suyas.
La casa estaba expuesta prácticamente a los cuatro vientos. Por una parte, la ancha, totalmente desnuda de protección. Por la de Poniente también. Las otras tenían a cada lado una casa que hacía que el agua o el viento se encajonaran. Los cristales de las ventanas eran dobles, pero por si las moscas, se bajaron las persianas metálicas, aunque en la segunda planta se dejaron tal cual.
Subió a la segunda planta. Los cristales, por la parte de fuera, no recordaba que hubieran sido limpiados nunca, por lo que, normalmente, tenían un aspecto más bien sucio. Pero en ese momento, gracias a la furia del viento y la lluvia, no se veía una mota de polvo en ellos. Si bien la lluvia tenía aspectos fastidiosos, otros se podían considerar como salvadores de la pereza.
Recordaba aquél fatídico once de marzo. Evidentemente no era exactamente igual, pero alguna que otra racha de viento le hizo sentir que la casa se movía. Temía, temía más que por la vida, aunque también, porque la vivienda, aún a medio pagar quedara fastidiada de verdad, quedando él, ellos mismos de la misma manera.
Los tiempos no eran buenos, ni climática ni económicamente hablando. Cualquier descalabro financiero podía mandar al carajo toda una vida.
Normalmente, para acentuar el drama se solía decir, una vida de esfuerzo y sufrimiento. No sabía muy bien si eran las palabras adecuadas, pero pensar que todo lo que fuera rutina variable según el día y el ánimo, es decir, todo lo que fuera normalidad cotidiana, se viera truncado, no le hacía la menor gracia.
Ya era mucha la gente que se veía en esa misma situación, relativamente cerca en la distancia. Un golpe duro con el terremoto y ahora otro golpe duro con el tifón. Un doble puñetazo bien asestado en la barriga había hecho mucho daño a aquella señora que aparecía en televisión intentando sonreir y con el perrito en brazos: “Ya no tenemos ningún sitio en el que refugiarnos.....” Y otra señalando el aspecto en el que habían quedado las casas portátiles: “Antes el terremoto. Ahora esto. Es lo que se dice un buen doblete”. Y aún había personas que ensalzablan sólo el aspecto agradable de la naturaleza.....
En cierta manera se había refugiado en aquel país huyendo de una mala situación. Y más que de una mala situación, de la tensión nerviosa que producen las malas situaciones.
En ese instante, el que más gritos daba era quien se llevaba el gato al agua. Y a él no le gustaba gritar. En última instancia el grito era hacia dentro, esperando que la histeria, la estupidez se calmara para poder recomenzar, sí, recomenzar, comenzar de nuevo.
Al fin y al cabo la vida es Sisifo subiendo y cayendo, es el agua, la tierra arrastrada, moviéndose y rehaciéndose todos los días.
No iba con él el grito, salvo en ocasiones, ya animalescas, como aquella en la que un rebaño de cabras y cabros quería meterse en un sitio en el que ya no cabía un alfiler. Habían sido pocas, pero algunas. Le molestaba el público que hacía P.R. El movimiento se demuestra andando, se decía, pero había muchos energúmenos que lo único que esperaban era que los otros les sacaran las castañas del fuego.
El tifón rugía sobre la casa, el viento, el agua, todo al mismo tiempo. El país, porque el tifón estaba barriendo todo el país, iba a quedar enlodado, y la gente iba a tener que meterse bajo el barro para sobrevivir.
De pronto se sonrió. El Presidente del Gobierno, en su discurso de promoción, se había presentado como ese pez que está enterrado en el barro, que no tiene aspecto bonito, pero que es fuerte y persistente. Según los diccionarios se llama lacha. Es decir, el trabajo contínuo desde la pobreza. El Presidente del Gobierno parecía estar llamando a la igualdad en la pobreza.
Eso le sonaba, le sonaba demasiado. Por una parte el comunismo imperante en la mitad del planeta había ido empobreciendo al pueblo y ennobleciendo a la élite, y cuidado con salirse de la norma. El mundo islámico era solidario en la pobreza también, pero no dejaban de gobernar lo que eran jeques o jefes de tribu con todas sus atribuciones o atributos colgantes. Alá los había puesto allí para gobernar al pueblo. En la llamada Edad Media cristiana, cuando el Papa de Roma y sus ladrones virtuosos campaban por sus respetos, el poquita cosa de Francisco apareció en sus huestes mendicantes: “Es bueno para nosotros que hombres tan humildes existan”. Cristo les había dicho a sus discípulos que era más fácil que un camello entrara por el agujero de una aguja que un rico entrara en el reino de los cielos. ¿Dijo eso Cristo, o era una tergiversación más del Evangelio por parte de la Iglesia Católica Apostólica y Romana?
Todos la misma idea, todos hermanos en la miseria, pero ninguno quería bajarse de la rueda del poder. Y el que tiene poder, claro, tiene privilegios.
Curiosamente, lo único que seguía impertérrito era la televisión. Monotemática, como son todas las televisiones estatales del mundo. Para eso era pagada por todos, para que el Gran Hermano dijera a cada instante cuántos litros iban a llorar los cielos a cada instante y en cada lugar. El poder de indecisión del teleespectador hacía que fuera la gran pantalla la que decidiera por la persona. Era el gran adelanto de los últimos tiempos, sin duda.Los apagones de luces de los trenes darían a la larga una generación aún más desganada hacia la lectura. Y en el futuro seguro que se preguntaría a los grandes personajes del país: “¿Puede usted decirnos en dónde adquirió esa gran ignorancia?” “Bueno, es de todos conocido aquel annus horribilis de 2011 en el que como medida preventiva hacia el excesivo conocimiento, hacia el excesivo uso de la vista en el tren, se consideró muy oportuno apagar las luces para que la gente no leyera. De allí nació esta brillante generación en la ignorancia que ahora nos gobierna.
El señor NO PUEDO, era un gran hombre, sí podía hundir al país y su continuador, como todo el mundo sabe era muy tacaño, No Da nada, lo que hizo crecer fértílmente la ignorancia y la decadencia del país. ¡Qué época tan buena era aquella!”.
La lluvia le hacía ver que no vendría nadie a solventarles los problemas económicos, a no ser que se acogieran a los programas de reprogramación ideológica votacional y terminaran por votar a los grandes hombres del momento.
Mientras se encontraba en tales elucubraciones, el viento y la lluvia parecían haber amainado, aunque en otros lugares seguían con su labor destructora.
Hacía tiempo que no pasaba un tifón tan fuerte por encima de su cabeza. El tifón ,cabeza loca, se desviaba hacia un sitio o hacia otro, pero esta vez sí , esta vez por encima total. ¿Cuántos muertos habría dejado? ¿Cuánta destrucción a su paso?
Se asomó a la ventana y vio que ya no llovía. Era el momento de salir a la calle. Si no salía a respirar el aire, aunque fuera húmedo, el estrés se apoderaría de él y acabaría chillándole hasta al gato que no tenía.
Salió hacia la calle ancha y se dirigió hacia la estación. Era el lugar en que se concentrabanlas tiendas y los pocos comercios generales de la ciudad. En definitiva, era el lugar más concurrido.
De pronto vio venir volando una bolsa de plástico. Parecía pesada porque parecía como un paracaidas ocupado por alguien hermoso. Cayó a unos cincuenta centímetros delante de él. ¡Plaf! El golpe fue ruidoso. Estaba tan cerca que se veía claramente que tenía algo dentro.
Si no había estallado era porque no se trataba de una bomba. No, no es una bomba, pensó. La abrió un poco. ¡Rediós! Un buen mazacote de billetes se encontraba dentro de la bolsa. La cogió y volvió a casa despacio pero impaciente por averiguar que era aquello. ¿Cuántos millones? Ni lo sabía. Sacó los billetes, los fue contando y los fue colocando en una caja vacía y seca. Cuando terminó de contar el dinero sonó el reloj despertador.